El tiempo que perdemos pensando en el tiempo que todavía no ha llegado
Hola, amigos del microscópio
Vivimos pendientes del reloj, pero no siempre somos conscientes del tiempo que realmente estamos perdiendo.
Nos levantamos pensando en lo que tenemos que hacer. Desayunamos repasando mentalmente las tareas pendientes. Trabajamos preocupados por aquello que puede ocurrir mañana y, cuando por fin llega la noche, seguimos intentando encontrar soluciones para problemas que todavía ni siquiera existen.
Nos preocupa el trabajo que no llega, el dinero que quizá no sea suficiente, las decisiones que debemos tomar, las oportunidades que podríamos perder o los planes que no están saliendo como imaginábamos.
Queremos saber qué ocurrirá dentro de unos meses. Necesitamos sentir que tenemos el control. Intentamos anticiparnos a cada dificultad porque creemos que, si pensamos lo suficiente en el futuro, conseguiremos evitar todo lo malo.
Pero la vida no funciona así.
Por mucho que organicemos, calculemos y anticipemos, siempre habrá una parte del camino que no podremos controlar. Y mientras tratamos de resolver un futuro que todavía no ha llegado, podemos olvidarnos de vivir el único momento que realmente nos pertenece: el presente.
➤ Problemas que hoy parecen enormes
Cuando estamos atravesando una etapa complicada, es difícil pensar que algún día la veremos con otros ojos.
En ese momento, el problema ocupa casi todo nuestro espacio mental. Parece urgente, definitivo y mucho más grande que nosotros. Nos cuesta descansar, disfrutar o mantener una conversación sin que esa preocupación vuelva a aparecer.
Sin embargo, si miramos hacia atrás, seguramente encontraremos situaciones que también parecían imposibles de superar.
Días en los que pensábamos que no podríamos más. Decisiones que nos daban miedo. Cambios que no queríamos afrontar. Puertas que se cerraron cuando creíamos que eran nuestra única salida.
Y, de alguna forma, seguimos aquí.
Quizá no todo salió como esperábamos, pero aprendimos a continuar. Encontramos otros caminos, conocimos nuevas personas, cambiamos nuestras prioridades o descubrimos una fortaleza que no sabíamos que teníamos.
Eso no significa que debamos restar importancia a lo que sentimos ahora. Las preocupaciones son reales y merecen ser atendidas. Pero también conviene recordar que nuestra forma de verlas puede cambiar.
Lo que hoy parece un muro, mañana podría ser solamente una curva del camino.
➤ Vivir esperando a que todo esté bien
A veces posponemos nuestra vida hasta que todas las piezas encajen.
“Cuando encuentre trabajo, estaré tranquila.”
“Cuando tenga más dinero, empezaré a disfrutar.”
“Cuando termine este proyecto, descansaré.”
“Cuando resuelva este problema, volveré a ser feliz.”
Y así vamos trasladando nuestra tranquilidad hacia una fecha que nunca termina de llegar. Porque cuando resolvemos una preocupación, normalmente aparece otra nueva.
Siempre habrá algo pendiente. Un correo que responder, una decisión que tomar, un proyecto que mejorar, una meta que alcanzar o una incertidumbre que gestionar.
Esperar a que todo sea perfecto para empezar a vivir es una manera silenciosa de no vivir nunca del todo.
La felicidad no siempre aparece cuando desaparecen los problemas. En muchas ocasiones, consiste en aprender a reconocer los momentos buenos incluso cuando todavía quedan cosas por resolver.
Una conversación tranquila. Una comida compartida. Una tarde sin prisas. Una canción que nos emociona. Un paseo. Una carcajada inesperada. El simple hecho de despertar sin dolor y saber que las personas que queremos siguen cerca.
La vida también está ocurriendo en esos pequeños instantes, aunque nuestra mente esté demasiado ocupada mirando hacia otro lugar.
➤ Lo que damos por sentado
Hay cosas que consideramos normales hasta que dejan de serlo.
Damos por hecho nuestra salud mientras el cuerpo nos permite continuar con nuestra rutina. Damos por hecho la presencia de nuestros seres queridos porque pensamos que siempre habrá otra llamada, otra comida, otra celebración o una nueva oportunidad para vernos.
Aplazamos los abrazos, las conversaciones importantes y los planes sencillos porque creemos que podemos dejarlos para más adelante.
Pero el tiempo no hace pausas.
Mientras nos preocupamos por lo que podría suceder dentro de unos meses, nuestros padres cumplen años, nuestros amigos atraviesan sus propias batallas y las personas que queremos también cambian.
Nosotros mismos cambiamos.Por eso, quizá tendríamos que preguntarnos más a menudo qué conservaríamos si todo lo demás desapareciera.
Probablemente no elegiríamos aquel correo que nos quitó el sueño, la opinión de alguien que apenas nos conocía o aquel plan que no salió exactamente como esperábamos.
Elegiríamos nuestra salud, a las personas que estuvieron a nuestro lado y por supuesto los recuerdos, las conversaciones, las risas y el tiempo compartido. Curiosamente, aquello que verdaderamente importa suele ser lo que menos aparece en nuestras listas de tareas.
➤ La salud no debería ser el precio de nuestros objetivos
Estamos acostumbrados a admirar a quienes nunca paran.
Celebramos las agendas llenas, la productividad constante y la capacidad de estar siempre disponibles. Parece que descansar es una recompensa que solamente podemos permitirnos cuando hemos terminado absolutamente todo.
Pero nunca terminamos todo.
Siempre existe una nueva tarea, una idea que desarrollar o una responsabilidad que atender. Por eso, si esperamos a que no quede nada pendiente para descansar, el descanso nunca llegará.
El cuerpo, sin embargo, acaba reclamando lo que le negamos.
A veces lo hace a través del cansancio, la irritabilidad, la falta de concentración, los dolores de cabeza, el insomnio o la sensación de estar funcionando en automático.
Seguimos adelante porque creemos que parar es perder el tiempo. Pero continuar sin energía tampoco significa avanzar.
No sirve de mucho alcanzar una meta si durante el camino hemos dejado de reconocernos, hemos descuidado nuestra salud o nos hemos alejado de quienes nos importan.
Cuidarnos no debería ser la última tarea de la lista.
➤ El futuro no necesita que sacrifiquemos todo nuestro presente
Pensar en el futuro es necesario. Nos ayuda a tomar decisiones, establecer objetivos y construir la vida que deseamos.
El problema aparece cuando ese futuro ocupa tanto espacio que no deja lugar para el presente. Prepararnos para mañana no debería significar renunciar completamente a hoy.
No podemos controlar todo lo que ocurrirá, pero sí podemos decidir cómo queremos vivir este momento. Podemos detenernos, mirar alrededor y valorar lo que todavía tenemos.
Podemos llamar a esa persona que echamos de menos ; podemos decir “te quiero” sin esperar una ocasión especial, celebrar los pequeños avances, aunque todavía quede mucho camino o permitirnos disfrutar sin sentir que primero tenemos que haberlo resuelto todo.
Y también podemos aceptar que no siempre tendremos respuestas. Vivir implica convivir con cierta incertidumbre. Quizá la tranquilidad no consista en saber exactamente qué pasará, sino en confiar en que encontraremos la manera de afrontarlo cuando llegue.
➤ Parar también es cuidar el tiempo
Últimamente he pensado mucho en todo esto.
En la velocidad con la que vivimos, en la presión por estar constantemente haciendo algo y en esa necesidad de demostrar que seguimos avanzando.
He pensado en el contenido, los proyectos, el trabajo, las ideas y todo lo que quiero construir. Pero también he comprendido que no quiero vivir mirando únicamente hacia la siguiente meta.
Quiero disfrutar del camino.
Quiero pasar tiempo con las personas que quiero sin estar pensando en lo próximo que tengo que publicar. Quiero vivir momentos que no necesiten convertirse en contenido. Quiero aburrirme, improvisar, respirar y recuperar la capacidad de hacer algo solamente porque me hace feliz.
Por eso necesito descansar. No porque haya perdido la ilusión, sino porque quiero cuidarla.Necesito parar durante un tiempo, disfrutar de las vacaciones, atender mi salud, compartir tiempo con los míos y volver a conectar con todo aquello que a veces queda escondido debajo de las obligaciones.
Descansar no significa abandonar mis proyectos ni desaparecer para siempre.
Significa reconocer que mi cuerpo y mi mente también necesitan espacio. Significa entender que mi valor no depende de cuánto produzco, cuánto publico o cuántas cosas soy capaz de hacer al mismo tiempo.
En septiembre volveré con contenido más fresco, nuevas ideas y una visión más clara de la dirección que quiero darle a mi marca personal.
Pero antes de volver, necesito vivir.
Porque para tener algo auténtico que contar también hay que salir de la pantalla, mirar alrededor y experimentar la vida sin convertir cada instante en una obligación.
Este verano quiero cambiar la presión de producir por el placer de estar presente. Quiero recordar que el futuro llegará igualmente y que no necesito desgastarme intentando controlarlo antes de tiempo.
Hoy tengo salud, personas a las que quiero, proyectos que me ilusionan y momentos que merecen toda mi atención.
Y quizá eso sea más que suficiente.No podemos detener el paso del tiempo, pero sí podemos evitar que pase delante de nosotros sin haberlo vivido.
Así que, por ahora, voy a parar.
Voy a descansar sin culpa, disfrutar sin mirar el reloj y cuidar aquello que de verdad importa.
Porque descansar no es alejarse de la vida. A veces, descansar es la forma más necesaria de volver a ella.
